Anika observó fijamente a la criatura que permanecía arrodillada en la oscuridad al pie de su cama. Hórrida, obesa, oscura, monstruosa y amenazadora.

La niña permanecía petrificada mientras aquella criatura sarnosa se metía a la boca babeante sus pequeños pies descalzos, moviendo sus largos y anormales dedos como lo hiciera un gran chef probando un manjar.

Punzadas húmedas y ardientes la hirieron, y un escalofrío de terror electrocutó todo su cuerpo.

Anika cerró los ojos, impotente e inexplicablemente muda. Luchaba. Trataba de librarse de aquellas manos invisibles que la retenían con una fuerza imposible sometida en la cama; pero todos sus esfuerzos resultaban en vano. Sentía cómo la bestia halaba una y otra vez, para después escuchar un crujir y rechinar de dientes.

Lloraba aterrorizada, inmovilizada, desesperada en forzado silencio; cubierta por una angustia densa y oprimente que se incrementaba con el paso de cada segundo.

Y cuando la desesperación dio un paso más allá de su límite, fue como si un globo se reventara, como si algo se destapara en algún lugar e hiciera una especie de «pop» sordo. Anika entonces quedó libre.

Se irguió de un impulso, y gritó y vació todo el aire de sus pulmones; pero no obstante a su reacción se encontró a sí misma sola en su habitación, con su respiración agitada, y el sudor y las lágrimas resbalando por sus mejillas.

Confundida, Anika observó la tranquilidad de la noche. Todo estaba bien. Había sido una pesadilla.

Inhaló y exhaló el aire para tranquilizarse, pero apenas lo hubo conseguido cuando notó algo extraño: una humedad tibia y viscosa bañaba sus muslos. Entornó los ojos en la penumbra y estiró la mano para palpar la cama con ella. Su corazón dio un vuelco cuando hizo contacto.

Consciente de una horrible certeza, de un movimiento apartó la sábana que la cubría. Y Anika gritó entonces como ningún ser humano lo había hecho jamás… El monstruo de la pesadilla había devorado sus piernas. ∎