Cuando era niño no había Internet, ni tampoco computadoras. Para pasar el tiempo veía a las Tortugas Ninja en la televisión y leía las enciclopedias que mamá compraba, para el enriquecimiento intelectual de mi hermana y el mío.

Recuerdo especialmente una enciclopedia roja de la editorial Océano. Ah, cómo me perdía en sus páginas blancas e imágenes en escala de grises. Tenía mis tomos favoritos, aquellos dedicados a las ciencias que consideraba ciencias: biología, química, astronomía… ¡Cómo se desgastaron sus lomos de tanto que los asía!

Y mientras mamá dormía luego de un cansado turno nocturno en el hospital, salía al patio y me disponía a experimentar. Considero que todos llevamos un científico dentro, especialmente cuando somos unos niños que exploran el mundo.

Me gustaba fantasear con trabajar en un laboratorio, y con frecuencia hacía experimentos sin saber lo peligrosos que estos eran —como mezclar sustancias químicas o jugar con mercurio—. Doy gracias al dios Ann por sobrevivir entero a mi arriesgada infancia.

Recuerdo un día —aunque que no con demasiado detalle— en el que estaba con mamá y una de sus hermanas en uno de los centros comerciales de la ciudad. Íbamos pasando por uno de los amplios y blancos pasillos cuando lo ví por primera vez: Encerrado en una caja negra, con una vista transparente para apreciar su contenido, y apilado junto con otros de sus semejantes, yacía un microscopío. Hasta ese momento nunca había visto uno, pero sabía por los libros que había leído para qué se utilizaba y lo que su posesión implicaría para mi joven mente, ávida del conocimiento que da la febril experimentación propia de un niño.

No tengo memoría de la interacción que tuve con mamá en ese entonces; pero me salí con la mía y abandoné el centro comercial aquel día con el preciado objeto entre mis brazos.

Como es natural, en cuanto llegué a casa lo abrí. Tengo la remembranza de deslizar fuera de la caja negra al unicel blanco en que el microscopío yacía inserto, descansando con el resto de sus aditamentos: unas pinzas, una lupa, tubos para muestras, y unos cuantos portaobjetos plásticos con muestras previamente ya preparadas. Olía a plástico nuevo.

Extraje el aparato como con devoción religiosa, leí cuidadosamente las instrucciones —las de la caja y las del folleto—, coloqué un portaobjetos plástico y asomé mis ojos por primera vez a través de los oculares de un microscopio. Ah, qué mágica experiencia la de apreciar con detalle los rasgos más diminutos de un objeto apenas perceptible a simple vista.

Cuántas horas habré pasado explorando en el patio, buscando muestras para observar al microscopio y desvelar sus mínimos secretos. Y de todas aquellas muestras, las hormigas eran mis favoritas. Himenópteros fascinantes, con la apariencia como de seres de otro planeta…

No tengo recuerdo de qué ha ocurrido a ese microscopio. Sólo tengo la certeza de que se ha extraviado en el transcurrir el tiempo.

Ahora, pasados los años y encontrándome a mí mismo en la mitad de mi vida —según Dante Alighieri—, he aquí que me he hecho con un nuevo microscopio. Uno de nivel clínico, profesional; superior incluso a los de mi nueva universidad y a los de algunos laboratorios de la ciudad.

Abrir el pesado paquete en el que venía, y descubrirlo con sus partes metálicas y plásticas —brillantes y de alta calidad—, me ha devuelto a aquellos años en los que me sentía como un gran científico, luego de ver a El mundo de Beackman por televisión.

¡Ah, pero qué bello y maravilloso es el obsequiarse sueños prístinos a sí mismo!

Sobra decir que, el sólo hecho de pasar la mano sobre mi nuevo instrumento científico, me supuso una gran cuota de felicidad, pero también de respeto. Pues incluso antes de comprarlo ya había tomado la decisión de investigar para usarlo como es menester. Por lo que devoré libros, hilos en foros especializados, videos, artículos, etc. Todo para entender la física de su fundamento y la electrónica de su funcionamiento.

El conocimiento que he adquirido he comenzado a verterlo en un libro que por ahora tiene la forma de booklet. Lo he llamado Cómo enfocar correctamente un microscopio, pues la experiencia conviviendo con mis compañeros de universidad, además de la mía propia, me ha hecho ver que el adecuado enfoque es uno de los principales óbices a los que se enfrenta el estudiante o principiante cuando se encuentra frente a frente con estos formidables instrumentos.

Espero de corazón que este libro le resulte útil a quien lo necesite. Lo he escrito de forma clara y amena, valiéndome de mis años de experiencia en la docencia universitaria para implementar la abstracción y simplificar conceptos que, leyéndolos de otras fuentes, pueden resultar muy complejos. He nutrido mi pequeña obra con bellas imágenes, procesos sencillos y concisos, y con diagramas de flujo que espero resulten esclarecedores.

Pienso expandir esta obra constantemente, añadiendo temas y nutriendo cada vez más los ya existentes, según mi propio conocimiento y experiencia vayan puliéndose, por lo que sería buena idea visitarlo periódicamente.

El texto está protegido bajo licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 4.0 Internacional (CC BY-SA 4.0).

Y al fin, he aquí el libro. Por favor, haga clic en la imagen para poder abrirlo. ∎

botton